El hombre que dijo: “Preferiría ser afortunado que bueno”, tenía una profunda perspectiva de la vida.
La gente teme reconocer qué parte tan grande de la vida depende de la suerte. Da miedo pensar que sea tanto sobre lo que no tenemos control. Hay momentos en un partido en el que la pelota alcanza a pegar en la red, y por una décima de segundo puede seguir su trayectoria o bien caer hacia atrás. Con un poco de suerte, sigue su trayectoria y ganas. O tal vez no y pierdes.
Y aun así existe algo que no reconocemos: «El talento es una patente» Siguiendo con la metáfora, la fuerza del golpe depende de nosotros. De nadie más.
A nadie le dio por contar la noche, ni desencriptar ni fijar su comienzo y su final. Depende del momento. Un particular histograma de reflexiones que en demasiadas ocasiones se convierten en inquietudes y desvaríos distintos. Esos que incluso te hacen explayarte en público o en privado, casi siempre quedándose en la intimidad para agonizar después. Y estoy en ese locuaz rato. Histriónica actitud.
Si hay algo familiar al comienzo de la sesión nocturna para todos, ese es el telón de la oscuridad. Un escenario de soledad que tiendo a compartir en redes sociales; el lugar donde puedo ensalzar mi ego, mi figura, y mi sombra de personaje. El espacio en común capaz de darme una de esas noticias que te encogen: algo así como la muerte de Gabriel García Márquez. Un jarro de agua fría como cuando se pierde una idea; y el colombiano es una cosecha de ellas perenne. Pero más allá de no hacerse oficial, en un arte del bulo sobre la muerte que me cuesta comprender, a Gabriel le debo una de esas frases que acarician tus múltiples sensibilidades: “En la vida hay que aprender a reírse de uno mismo.” De lo contrario, no estaría escribiendo.
«Yo aquí vengo a humillarme» expresa Manuel Jabois. Parece clara la armadura de la que debemos estar hechos para el peregrinaje hacia nuestra propia desembocadura. Y aunque el nivel de mi forma de expresión parezca amargo, sólo quería ensalzar dos grandes verdades: Sin sainete no somos nadie, e intento escribir así para parecer serio. Una ambigüedad vital en la que intento componer sobriamente. Otro tema es si lo consigo.
Hey! Tú que te muestras imperturbable, conviviendo con sensaciones, mientras los segundos pasan delante tuya sin un reloj al que echar mano y la mirada no escapa de un área fácil de abarcar. Sigues ahí, conmovido por un café y unos pequeñas notas; crees que estudias pero The National te ha embaucado con su música a escribir esto para subir una foto, un pequeño apéndice de su talento, e incluso sentir envidia ante esa barba.
- Y al final conseguí mitificar estos momentos.
Sin faltar a la verdad, uno no utiliza (casi manipula) el titular sobre un juguete eminentemente cuadrado en fisonomía para definirme a mí y a mi ego, que siempre van por separado: uno se presenta primero y el otro espera turno. Tampoco es que siempre vaya armado pese a que existen momentos muy determinados donde pueda parecer un pistolero de sangre caliente, tal y como citó Don Enrique González. No es eso.
Hoy (de ayer) me levantaba como esas mañanas que procedes con el ánimo muy arriba, sin referirme a ese elemento, cumplidor siempre, hasta llegar a metas prostáticas. Amaneceres que no sabes si abrirte El País, Jot Down, El Mundo o ver Ana Rosa. ‘Saber vivir’ no, porque de eso ya conocemos. Un día en el cuál decides “ser un hombre de provecho” como me enseñó literalmente mi abuela con la expresión. Entonces, podemos pasar a la acción: Poner lavadora, coger la plancha, aspirar, sacar la fregona y una cacerola de patatas con carne. El hombre imperfecto ya que solo faltó dar amor, y si llego a reflexiones tan profundas, me decido y cojo el teléfono. Llamé al operador de telefonía de confianza, el mismo -o la misma mejor dicho- que siempre cumple como si viviéramos en pareja: me escucha, no me entiende, tampoco se queja, y hace lo que quiere.
La cuestión está en la brillante operación de marketing de lo hecho, de cómo toma impulso social mi figura tras las labores enumeradas. Lo mismo que pensarían algunas y hasta algún pícaro. Y aunque no esté en venta, soy caramelo para ellas… solo que aún de sabor a piña. Entiéndanme, el ego también me lo cifró mi abuela, quién mejor se llevó con él; ya que definirme como un ‘partidazo’ sería hablar de fútbol, y el mismo no tiene cabida en este corto espacio.
Restemos ambigüedades: un apreciado ‘me gusta’ se ha atrofiado hasta convertirlo en una oblea para gastrónomos. Hablo de esa malformación que estamos obteniendo los apegados al Facebook y la manía de que midamos, pensemos, en el siempre presente pulgar hacia arriba. No se molesten, empiezo a salir en las fotos con esa postura para ahorrarme ‘clicks’ de ratón innecesarios e irme directamente a comentar; porque en las distancias cortas siempre gano. Y digo ‘clicks’ por no nombrar a aquellos capaces de levantar el mencionado pulgar cuán Julio César (a.C.), y a su vez mostrarnos al mundo su carencia de huellas dactilares debido a que a los ingenieros no nos pagan para poner espuma en el Mouse del portátil. Ya en oficinas del DNI desde hace unos años hacen chistes de ello.
El sentido del ‘me gusta’, antes, era más real o quizás más lleno de romanticismo “adolítico” (del diccionario Jose Luis Coll: un adolescente apolítico). Eran tus primeros amores aun sin pelos en las piernas –por ejemplo- mientras que las mujeres ya hablaban de tallas, estancos y noches de parque. Fortuna la nuestra que pese a todo teníamos derecho al roce por aquello de convivir en aulas rociadas de hormonas y de vez en cuando –sólo de vez en cuando-, te encontrabas de frente a ese fenómeno llamado ‘notitas’ con ‘íes latinas’ acentuadas con corazones. Éramos unos privilegiados.
Serán incontables las ocasiones, previas a saber qué ibas a comer, donde tu madre escuchaba atentamente el nombre de la susodicha que le dedicabas tu particular ‘me gusta’ mientras sonreía por ver la angustia de un sucedáneo de amor. Ahora, no tienes la comida hecha, tu mejor apodo es ‘herbívoro de la noche’ y seguramente tu referencia materna ya ha ‘clickado’ en tu perfil si llego a colgar este texto.
También desaparecidas con el tiempo aquellas promiscuas ‘equis’ de folio DIN A4 que separaban dos nombres en forma de complejo esquema; a la vez que actualmente contamos entre amigos aquél momento donde la morena de ojos claros te puso la cruz. Siendo optimistas, aún creo que es una deformación en escritura de la mencionada ‘equis’. Luego le hablé sobre que mi vida es aquello que transcurre entre repetición de ‘Aquí no hay quién viva’ y ‘Lo que se avecina’, para que todo se hundiese totalmente. Ni siquiera me dejará colgar una canción en su muro de Facebook…
La disposición entre un trabajo que habías tardado en realizar durante una media hora –cansada- y posterior hecho de presentar la presentación; esa malsonante aliteración pero que muestra en palabras lo feo y difuso que estaba todo en contenidos. Sí, era yo, argumentos sin corregir, una clase ávida por no querer escucharme y una mezcla de movimientos desacertados delante de un desaliñado ‘power point’. Para el académico me encontraba nervioso, para mí no existía la motivación por el cuál me mantenía erguido. Diferentes visiones, una reflexión.
Aún no sé transmitir, a los hechos me remito, pero eran minutos de condena. Nadie me contagió un mínimo de pasión por lo que iba a hacer, y a su vez, era un enfermo desmotivado hasta mostrarme débil, distraído mentalmente e inerte para el público. La ingeniería como toda ciencia, carece de vitalidad más allá de una estructura ya diseñada dónde nada se sale de lo preestablecido, el lado más empírico de nuestra vida. Y eso, sin estímulo del más fuerte hasta el más débil, se hace exponencialmente complejo el diseño de la comunicación de tus pensamientos.
El grito de alarmismo ante tal ambiente más acorde al témpano que a la calidez más absoluta, no es específico de una materia o una corriente académica sino a la falta grave que puede suponer adolecer de ese término, protagonista, diferencial, la ‘motivación’. Y si fue un tal Shakespeare quién nos dijo que “somos esclavos de nuestras palabras”, quiero pensar que nos hace más fuertes “ser esclavos de nuestras motivaciones”. Por eso lo explico a través de una conjunción de letras porque quizás, a esto sí, le esté echando ganas.